Mendoza, provincia petrolera: El combustible vuela mientras la heladera sigue vacía

La escena se repite con una regularidad implacable. Cada vez que arranca un nuevo mes, los conductores mendocinos hacen fila en las estaciones de servicio antes de medianoche para arañar unos pesos antes del inevitable retoque en las pizarras. Con la entrada en vigencia del Decreto 829/2026 y la actualización de los impuestos a los combustibles líquidos (ICL), las estaciones de servicio en Mendoza volvieron a marcar subas en la nafta y el gasoil.

Pero la discusión de fondo no es de dos o tres puntos porcentuales en el surtidor. La verdadera discusión es la profunda contradicción entre el discurso oficial del "desarrollo energético" y la desgarradora realidad económica del vecino de a pie.

Récord de inversión arriba, ajuste en el surtidor abajo

El relato oficial celebra los grandes anuncios: la licitación de nuevas áreas en el sur mendocino, los incentivos impositivos a las grandes empresas extractivas y la promesa de un futuro de abundancia impulsado por el crudo local. Nos venden la idea de una Mendoza potencia energética. Sin embargo, en la vida cotidiana de las familias de la provincia esa abundancia no derrama; solo gotea inflación.

¿De qué le sirve al trabajador de Las Heras, al productor de San Rafael o al comerciante de Guaymallén que la provincia abra nuevas áreas de explotación si no puede llenar el tanque para ir a trabajar? El combustible no es un bien de lujo; es la sangre que mueve la economía real. Cada peso que aumenta el litro de nafta o gasoil impacta inmediatamente en el flete, en el precio del pan, en la verdura y en el pasaje de colectivo.

El flete más caro y la producción asfixiada

La cadena de valor mendocina está sufriendo un impacto directo: los costos del transporte de carga acumulan aumentos constantes. Para el agricultor y la pyme mendocina, que deben mover su producción a cientos de kilómetros hacia los centros de consumo del país, la nafta cara es un ancla al cuello.

Mientras los discursos oficiales nos invitan a mirar la "macro" y festejar el equilibrio fiscal, las pymes locales no saben cómo absorber los fletes y los consumidores terminan ajustando lo único que les queda por recortar: la comida. Volvemos al punto central que revelan los datos microeconómicos en Mendoza: las planillas de Excel cierran, pero las heladeras en los hogares mendocinos siguen vacías.

¿Dónde está el beneficio de ser una provincia productora?

Durante décadas se sostuvo que Mendoza debía recibir una compensación real por ser una provincia generadora de riqueza y energía. Hoy vemos el proceso inverso: el vecino paga combustibles a precios internacionales pero cobra salarios provinciales profundamente devaluados.

La política mendocina no puede seguir mirando hacia un costado mientras el costo de transporte ahoga a la clase media y a los sectores productivos. Si la riqueza de la provincia solo sirve para abultar las planillas de las grandes operadoras mientras el ciudadano común se endeuda con la tarjeta de crédito para cargar $10.000 de nafta, el modelo no es de desarrollo, es de extracción y transferencia.

Es hora de exigir una discusión seria sobre el costo real de los servicios y combustibles en Mendoza. Porque sin transporte accesible ni insumos a precio razonable, no hay producción posible, ni salario que alcance, ni discurso oficial que logre tapar la dura realidad del surtidor.

 Por Lic. Claudio Guevara

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